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Alguien dijo, en el funeral por Josep Maria Huertas Claveria, que nació en el Eixample de Barcelona, fue al Guinardó por amistad y se instaló en el Poblenou por amor. Una exacta definición de los territorios que marcaron su vida. Decisiva fue, en efecto, su vinculación de los últimos 35 años al Poblenou. Pero también fue para él importante el barrio del Guinardó, donde, en la primera mitad de los años sesenta, empezó su actividad periodística dirigiendo la revista Atalaya, donde rodó su primer y único cortometraje, sentando las bases de su cinefilia impenitente, y donde forjó unas amistades muy profundas que han durado hasta su muerte.
En aquelos años, su mundo giraba en torno a la parroquia de la Mare de Déu de Montserrat, muy próxima a los territorios que utilizaba Marsé para sus primeras novelas. En las cercanas barracas de Francisco Alegre descubrió Huertas la miseria en su cara más terrible. Allí hay que buscar el origen de su dedicación, no sólo periodística, a los marginados de la ciudad.
Y puesto que en esta columna se habla de las tierras de Girona, es una buena ocasión para recordar que para Huertas fueron otro de los espacios de la memoria. Desde hace muchos años, desde cuando la muralla no era un recorrido turístico, sino un lugar donde se subía a recoger espárragos en primavera.
Estuvo de corresponsal de Presència en los años difíciles. Era un adicto al Museo del Cinema desde que se creó. Tenía aquí muy buenos amigos, como Manel Mesquita, con quien compartió galería en la cárcel Modelo en 1975. Cuando Huertas dedicó muchas horas a facilitar la vida del Vaquilla en la cárcel, consiguiéndole incluso un ordenador para que pudiera escribir sus memorias, la ciudad de los cuatro ríos era un eslabón de la cadena, porque la compañera de Moreno Cuenca vivía entonces en un piso del barrio Girona per Girona.
Huertas estuvo en Girona muy pocos días antes de morir. Acompañó a su esposa en un recital de jazz que ésta ofreció en la Casa de Cultura y aprovechó el viaje para escarbar en la maravillosa tienda de antigüedades que el librero Cortés tiene en la calle de la Força. Con él intercambió conocimientos y postales de Barcelona, de las que Huertas era un coleccionista experto.
Su recuerdo perdura estos días en Girona gracias al detalle emocionante de la Biblioteca Ernest Lluch, que dedica uno de sus mostradores a exponer alguno de sus libros. [Catalunya ciudad · La Vanguardia]
Jaume Fabre és autor, entre altres llibres, de «Girona entre 4 rius» i de la «Guia d’escultures al carrer (Itineraris a peu i amb cotxe)», editats per l’Ajuntament de Girona