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La primera mirada de mi hija en el instituto fue una mezcla de conmoción, alegría, miedos, nostalgia y muchas otras emociones que quizás ni supe como expresarlas. Ha pasado una semana de aquel día y parece que con las nuevas experiencias adquiridas, en lugar de la niña de 12 años que aquel día dejé, ya me hubieran devuelto una de 15 o 18.
El sistema educativo evidentemente sufre cambios que en teoría son para mejor, que desde mi lugar de educador intento entender y muchas veces no consigo. En mi época nos tocaba lidiar en el cole hasta séptimo grado y lleno de miedos arribábamos al secundario, hoy el insti. Todavía, en aquella época, teníamos fuertes consignas de respeto por los profesores y compañeros.
Hoy con 12, lanzamos a nuestros niños a ese mundo de adultos que juegan en el espacio de los institutos con una madurez no encontrada y con un agravante aún peor: descontrolada.
Ha pasado una semana y el pequeño balance de experiencia de mi hija ya cuenta con dos agresiones a compañeras suyas de primero. Agresiones más de adultos que de niños. Pegar, patear, insultar y vejar a una niña por el solo hecho de que no te caiga bien implica una gran reflexión desde las familias.
El mundo globalizado ha creado en esta generación paradigmas propias de la velocidad con la que se viven las cosas. El exitismo, la desvalorización de las cosas, el facilismo, el poco respeto por el que te acompaña (sea pareja, compañero, padre, mayor, viejo) son la moneda corriente de una juventud que no encuentra rumbos. Y lamentablemente es el paradigma perseguido por los niños que asoman su cabeza inocente y atontadamente a la madurez.
Estas agresiones ¿cómo has de vivirlas como padre? Me conmocionó ver a una de las madres de las niñas agredidas, expresar su desesperación, su impotencia. Me dijo: “Tengo una reunión con el cap d’estudis, pero me han dicho que pasó fuera del instituto y ellos no pueden hacer nada”.
El no pueden hacer nada entró por mis oídos como destrozando todo mi ser y mi conciencia. ¿Es esto posible? ¿Hemos de quedarnos inertes e impávidos viendo como establecen las reglas del juego otros? ¿Hemos de vivir con miedos y trasmitir esa inacción a nuestros hijos? ¿Hemos de aceptar instituciones que no quieran hacerse cargo de nada?
No te metas fue lo que llevó a muchas generaciones a ver como mataban a sus pensadores. Pero es necesario meterse. Es necesario participar y decidir cómo queremos vivir.
Al llegar a casa, lo primero que hice fue contactar con la gente a la que nos acercamos en el barrio para colaborar. Associació de Veïns, AMPA, policía, instituto, escuela… este problema es de todos. De ser necesario, me pararé todos los días del año a la salida del instituto para poder aportar un poco más de seguridad a la gente que está a tu lado. Pero si las instituciones existen, este papel no me corresponde como tal. Sólo con la colaboración y participación de todos conseguiremos un barrio digno de sentirnos eugeniencs.
Vivimos un barrio multicultural que hemos de respetar, pero por sobre todas las cosas el primer respeto a conseguir es el bienestar común de todos los que habitamos este suelo común. Ya no se trata de catalanes, marroquíes, sudamericanos, rumanos o de dónde sea que vengas. Se trata de intentar tirar todos para adelante en pos de un bien común.
Lo primero que se me ocurrió fue escribir esta nota en catalán, pero si de multiculturalidad se trata decidí expresarme en mi lengua materna, ya que los sentimientos deben ser expresados así. Desde lo materno y desde donde mejor se expresan las cosas. Desde el corazón.
David Víctor Hugo Mérida és argentí, amb nacionalitat espanyola, i veí de de Ter